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sábado, 26 de octubre de 2013

21 - Costa Rica, encontrando nuestras playas.


Del 12 al 16 de Octubre, 2013

Cuando los costarricences hablan, se saludan o les agradeces algo dicen: “pura vida”. La marca o slogan del país también es “pura vida”, cientos de bares, comercios y otras empresas también se llaman así. No sabemos aún qué fue lo primero, pero todos usan esa frase a diario y a menudo.
Después de pasar los controles de frontera, aún sin mapa, nos dirigimos a Liberia, antes pasamos por el parque nacional de Santa Rosa donde se protege a los últimos vestigios de lo que era en otros tiempos un enorme bosque tropical seco (nosotros no notamos que fuese seco) que ocupaba gran parte de Centroamérica y parte de México. 



Costa Rica tiene otro tipo de desarrollo que los otros países centroamericanos que visitamos, y al entrar esto se nota enseguida, carreteras en buen estado y señalizadas, no hay animales sueltos en la calzada, y todo está más limpio y organizado en general. De todas maneras el país no deja de ser Centroamérica, tener grandes diferencias y necesidades sociales y problemas de todo tipo aunque en los folletos digan que tienen uno de los mejores sistemas de salud del mundo y que se note que la mayoría de su población está alfabetizada. Quizás el signo más indicativo de las desigualdades es la presencia de casi todas las cadenas norteamericanas de comida rápida, y nos dimos cuenta enseguida del porqué. Los precios de la vida en general son astronómicos, y estas cadenas pueden cobrar sus menús a precios norteamericanos o europeos aunque los sueldos en general ni se acercan a los niveles de ingresos de esos países.
En Liberia, una ciudad moderna y bastante ordenada, intentamos encontrar una oficina de turismo, no hay, pero nos enviaron a un hotel donde nos dieron buena información y un mapa regional, de allí pusimos rumbo a las playas del Pacífico. De camino entramos al principal aeropuerto de la región de Guanacaste, realmente muy moderno y funcional, allí cambiamos dinero en el banco y visitamos una oficina de información turística con una chica como siempre muy ocupada en su Facebook que no nos dijo nada claro salvo que no tenían mapas. Pablo, fue al estacionamiento, donde un chofer de autobús aparte de indicarnos de buen gusto, nos regaló un mapa de las carreteras del país.



Nuestra primera playa fue Brasilito, una villa pequeña con una playa que aún era demasiado abierta para nosotros, con oleaje medio y agua removida. Le preguntamos a la policía si podíamos estacionarnos cerca de su cuartel y con excusas nos dijeron que no. Lo que estamos viendo en Costa Rica, es que nos cuesta mucho más confiar en la policía que en los otros países, y que todos nos tienden a asustar con la situación de inseguridad, como protegiéndose en caso de que nos pase algo.
Sin saber si quedarnos en una especie de plaza en el pueblo o pagar por alojamiento, decidimos caminar por la playa hasta otra que queda a unos 500mts y entre las cuales no hay calles ni caminos que las conecten. Ésta se llama El Conchal, y, lo único que hay en el lugar es un complejo hotelero de alta categoría por suerte bien disimulado atrás del frondoso bosque que cubre la playa que cuenta con entrada propia por otro lado. Preguntamos a los guardas del hotel y sin problemas aceptaron a que nos quedemos cerca de su puesto, lo más difícil sería llegar hasta allí, ya que los vehículos que accedían lo hacían bordeando la costa, luego había que pasar una parte por el bosque y sortear una pequeña loma donde el paso era realmente difícil y Furgo no está preparada para ese tipo de caminos. Antes de que termine de subir la marea y que el paso desaparezca, decidimos intentar el cruce, y lo logramos aunque faltó muy poco para que nos quedemos enterrados en la arena.




La playa de El Conchal es un pequeño paraíso, agua transparente, entorno limpio, olas pequeñas y arena blanca. En un buen sector de la misma la arena está cubierta por conchillas trituradas por las mareas, lo que le da un color más blanco a la playa y una textura muy agradable para caminar. Sobre la playa grandes árboles y palmeras dan sombra, frescor y un encanto especial al lugar.
Comenzamos a descubrir el significado de aquella famosa frase enseguida. La vida abunda en Costa Rica, y en general se tiene bastante conciencia de ello, y se la cuida. Iguanas enormes caminaban como si nada entre los árboles, muchos pájaros, vegetación exuberante y una gran diversidad de peces de hermosos colores que vimos haciendo snorkel cerca de unas rocas en el mar. 



Estuvimos dos noches en la playa, caminamos mucho y disfrutamos de sus encantos y de sus noches frescas después de la habitual lluvia vespertina. Allí también conocimos a Giovanni y a Verónica, su hija, charlamos relajadamente un muy buen rato y nos dio muy buenos consejos sobre lugares y rutas. Salimos por la mañana sin mayores incidentes que la rotura de uno de los soportes del parachoques delantero de Furgo en dirección a San José la capital, a la cual no entraríamos, para seguir hacia la costa del Caribe, en teoría cruzar los casi 300km se hacen en unas 5 o 6 hs, pero las carreteras están muy transitadas, hay muchas curvas y el tráfico en general es lento. Nos detuvimos un rato en Nicoya, otra ciudad anunciada en la Ruta Colonial y de los Volcanes de la cual no queda más que una pequeña iglesia colonial. Condujimos unas horas y cambiamos de idea, ya habíamos pasado mediodía y aún nos quedaba un buen rato hasta la capital, así que nos desviamos un poquito y nos fuimos a visitar a la playa La Herradura, donde nos bañamos y descansamos y luego hicimos unos pocos kilómetros más hasta Jacó, una pequeña ciudad muy turística donde la policía nos dejó estacionar al frente de su cuartel. La playa de Jacó es bastante abierta y de grandes olas. Otra vez aprovechamos para caminar bastante y disfrutar del atardecer, que por estas latitudes ocurre alrededor de las 17hs. Como comentario, en Centroamérica, la vida transcurre con el sol que sale muy temprano, a las 5 y media o 6 por la mañana hasta el atardecer, y a eso de las 20 ya todo el mundo está en su casa cenados y listos para ir a dormir (incluidos nosotros).



Averiguamos por internet cómo ir al Parque Nacional de Tortuguero, del cual teníamos recomendaciones pero no sabíamos cómo llegar. Resulta que este lugar se encuentra del lado del Caribe, al norte, cerca de la frontera con Nicaragua entre la playa y un gran canal de agua dulce que se prolonga paralelo a todo lo ancho de la costa. El lugar está en una zona de bosque tropical húmedo y no hay ningún acceso posible por tierra. Para llegar hay que ir a una ciudad que se llama Cariari, luego tomar un bus hasta un paraje que se llama La Pavona y desde allí, por un río se llega en unas lanchas públicas hasta el lugar, hay 3 horarios de lanchas por día hacia Tortuguero, y el último es a las 15hs.
El problema era dejar a Furgo bien protegida, la policía nos había advertido de que la zona podía ser peligrosa. En internet decía que en Cariari había un hotel que alquilaba el estacionamiento por U$S2, llamamos y nos dijeron que era correcto que tenían un estacionamiento, que era seguro pero que el precio ahora eran U$S10, qué ingenuos nosotros, ya no queda nada de menos de 10 dólares en Costa Rica!



Así que por la mañana muy temprano dejamos Jacó para intentar llegar a tomar la barca a tiempo. Justo antes de entrar a San José pasando seis peajes que aunque no son caros tampoco se justifican, también nos detuvimos en un Wal Mart, para comprar provisiones y para terminar de darnos cuenta que los precios en general son bastantes más altos que cualquier supermercado de Estados Unidos o España.
Demoramos más de una hora para rodear la ciudad pasando por Heredia, al norte. Tuvimos que preguntar varias veces pero al final encontramos la dichosa ruta 32 y aunque el tráfico es muy denso, al atravesar la Cordillera Central, los paisajes son magníficos, de bosque frondoso a los lados, y árboles enormes cubiertos de epífitas y lianas cuyas ramas forman túneles al cruzarse por encima de la carretera. Por fin llegamos a Guápiles y encontramos el desvío a Cariari. Al llegar al pueblo, que nos imaginábamos tranquilo, pero era de lo más bullicioso, unos policías que estaban almorzando, nos dijeron que vayamos directamente a La Pavona, que en el embarcadero tenían un estacionamiento seguro. Así que nos fuimos para allí pasando entre plantaciones de bananos y efectivamente en el embarcadero hay un pequeño complejo con restaurant, estacionamiento techado, seguridad e incluso cabinas para quedarse a dormir. Llegamos justo a tiempo para que la lancha de las 13hs nos espere unos minutos a que terminemos de preparar todo con bastante prisa, pagamos los boletos, unos U$S3,50 cada uno, lo que a estas alturas nos resultó razonable, y recorrimos el trayecto serpenteando meandros entre selva espesa. El río en esta temporada está bastante bajo de nivel, haciendo que la navegación sea algo complicada de todas maneras, el viaje en lancha ya de por sí es una excursión muy bonita. Una vez que el pequeño río desemboca en el gran canal, después de unos minutos se arriba al pueblo de Tortuguero, puerta de acceso al parque nacional del mismo nombre y santuario de cuatro especies de tortugas marinas que, durante milenos eligen esa playa para anidar y depositar sus huevos además de una flora y fauna que solemos creer que sólo existen en los documentales de la televisión. Pura vida.



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